Elena Poniatowska: Sé que mi tiempo se acerca y tengo tanto por hacer, tanto que escribir

“¡Vengase de volada joven y platicamos un rato!”, anima la  escritora Elena Poniatowska por teléfono. Con 81 años ella misma lleva su agenda de entrevistas, conferencias, viajes, seminarios y nunca ha tenido secretaria ni asistente. Cita a Dos Puntos en su casa que perteneció a una nudista que gustaba de bañarse en las fuentes, Eva Norvind, ubicada al sur de la ciudad, en un barrio que hace cerca de 200 años era un pueblo colonial.

Elena Poniatowska en su casa

Elena y Martina

Su empleada Martina: chaparrita, de mirada hostil y ceño fruncido abre la puerta. También sale a oler, curioso y juguetón, Shadow, un labrador negro de energía inagotable. “No muerde, pero no se le acerque que ya no se lo quita de encima”, advierte Martina al entrar a la sala forrada del piso a techo por libreros.

Elena Poniatowska biblioteca
Biblioteca personal

Libros, fotos, pinturas, jarrones de talavera y esferas de vidrio por todos lados. Sus padres, sus hijos, sus amigos, fotos, fotos, fotos. Martina habla poco. Tiene acento y rasgos indígenas. Elenita, como la llaman con afecto sus amigos y personas que se cruzan con ella por la calle, no podría estar sin Martina. Y uno no puede dejar de ver en la menudita señora a Jesusa Palancares, personaje de la emblemática novela Hasta no Verte Jesús Mío, publicada en 1969.

Jesusa está inspirada en una mujer tehuana que la escritora conoció en sus tiempos como reportera, cuando iba a hacer entrevistas a la Cárcel de Lecumberri en los tiempos en que el PRI reinaba y la palabra del Presidente era Ley. Josefina Bojórquez era su nombre real. “Cuando me conoció me dijo que yo era una rota catrina, jija de la que ya se sabe, que me pusiera a trabajar”, cuenta la escritora sobre la Jesusa, a quien la oyó hablar y de inmediato quiso platicar con ella. “Le cuento lo que quiera, namás que uste’ me ayuda, no me va a venir a quitar mi tiempo”, le dijo la tehuana, pues mientras ella lavaba los overoles de una imprenta metiéndolos primero en un balde con gasolina para quitarles la tinta; la joven Elena ponía una correa a media docena de gallinas y las llevaba a caminar para que tomarán el pálido sol de las 5 de la tarde (pues si no lo reciben, no ponen huevos con cascarón duro). Al regresar del paseo, la Jesusa contaba sus historias vividas en la Revolución Mexicana. Así nació la novela.

Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor -su nombre completo- llegó a México en 1941 a la edad de nueve años. Solo hablaba francés e inglés. Su madre, Paullete consideraba el español innecesario, así que la niña aprendió español en las cocinas y en las azoteas escuchando las pláticas de las sirvientas.

Ahí, sentada en un sillón está La Hija de la Malinche, como la describió la crítica literaria Margo Glantz. No hay ningún símbolo religioso en su hogar aunque la escritora se reconoce como una mujer creyente. “Cómo no lo voy a ser, si fui criada en un convento de monjas, tuve una madre muy religiosa, además, vivo al lado de una capilla del Siglo XVI; es más, me puedo ir a dormir allá, me puedo llevar mi cama” explica la mujer de sonrisa permanente. También cree en la suerte, “aunque pienso que uno se hace su propia suerte”.

Compromiso intelectual

Elena Poniatowska México

Elena siempre es amable. “Chaparrita y menudita, yo creo que eso inspira confianza en la gente, que me ven así y se sueltan a contarme todo”, se describe la escritora que el 19 de marzo cumplirá 82 años. Para ella, la función de un intelectual es leer encontrar soluciones, “aportar elementos para el avance de un país. En nuestros países de América Latina a fuerzan se meten. Por ejemplo, a García Márquez le han ofrecido varias veces ser presidente de Colombia. A Carlos Fuentes y Octavio Paz les ofrecieron varias veces ser embajadores en Washington, les ofrecieron secretarias de Estado. Porque son pensadores, porque hablan por el país. Los intelectuales deben participar en la política, en México suceden cosas que son muy graves que necesitan de sus voces, críticas ásperas y certeras”.

La autora de La Noche de Tlateloco es clara: “Los intelectuales que no se meten en los problemas nacionales pueden quedarse en su torre de marfil escribiendo novelas o haciendo grandes obras pictóricas, pero en un país donde hay terremotos políticos como el nuestro es importante que participen, ni modo que se metan a su casa sabiendo que hay tanta injusticia social o gente muriéndose por las balas, por el fuego cruzado del narcotráfico”.

El papel de intelectual que ha ejercido la escritora –siempre vinculada a la izquierda- le ha traído severas críticas. Durante los comicios electorales de 2006 y 2012 apoyó al abanderado de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, quien la buscó desde 2005 para que lo apoyara en su campaña, así como para que realizara propuestas culturales y participara en mítines. Pero las elecciones de ese año provocaron una división ideológica en la sociedad mexicana. “El Peje” perdió por un margen pequeñísimo y pronto organizó un movimiento de resistencia civil: hizo plantones en el Zócalo y marchas por la ciudad de México y bloqueó durante meses el Paseo de la Reforma, una de las principales arterias de la capital. Varios de los intelectuales que lo apoyaron se apartaron de él. Poniatowska no. Iba a las asambleas que convocaba el político, lo que ocasionó una avalancha de críticas sobre ella, pues recibía llamadas telefónicas con mentadas de madre durante las madrugadas, y en la calle aguantaba insultos cuando la veían pasar por los barrios de la clase media alta. El PAN se lanzó sobre ella en un spot. Todo esto la  fortaleció aún más. La historia la cuenta en el libro Amanecer en el Zócalo.

A años de distancia, la escritora reflexiona: “Con López Obrador me unió y une un idealismo, nunca busqué el ‘hueso’. Lo apoyé por un sueño, por convicción, creí en su propuesta y no me arrepiento”.

La escritora se la jugó por el político, lo cual fue mal visto por las otras izquierdas, en especial las cercanas al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN. El Subcomandante Marcos ha sido un agudo y ácido crítico de López Obrador. En su recorrido por el país, al llegar a la ciudad de México, en una asamblea los simpatizantes de Marcos expulsaron a la escritora; no dejaron siquiera que se acercara al mítico guerrillero, quien al enterarse explicó que él y su movimiento nunca habría permitido eso.

Elenita, con su mirada dulce y juguetona, narra para Dos Puntos ese desencuentro: “Yo no he roto con él, aunque él sí conmigo y no sé por qué. El Subcomandante Marcos tiene el gran mérito de haber puesto el problema de la discriminación social, económica, de justicia, de legalidad de la situación de los indígenas mexicanos, la puso al centro de las discusiones a nivel internacional. Gracias a él México y el mundo se dieron cuenta de lo que sufrían, de cómo la pasaban esos pueblos”.

Elena Poniatowska, la francesa

Elena Poniatowska entrevista
Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, su nombre completo.

A la entrada de su casa se hacen presentes dos cosas: el título de doctor del astrónomo Guillermo Haro, su esposo por veinte años y fundador de la astronomía moderna en México y el título de mecanógrafa de Elenita. “Fueron una pareja muy sui generis, él, un académico miembro del Colegio Nacional, y ella, una reportera que no había ido a la universidad, que era muy buena entrevistadora”, explica el escritor Pável Granados, muy cercano a la escritora.

Las fotos que inundan su casa muestran a Jean Joseph Evremont Poniatowski Sperry, su padre, enfundado en su traje de militar con todas las condecoraciones que recibió en la Segunda Guerra Mundial; su madre, María de los Dolores Paulette Amor Yturbe, mujer enigmática que siempre habló con un fuerte acento francés y fue modelo de Schiaparelli, retratada por Edward Weston; sus hijos Emmanuel, Felipe y Paula; Elena y sus diez nietos.

La dulce Elenita explica que abandonó la investigación sobre los Poniatowski, sus antepasados, “no puedo con la huella de ellos”, explica.

Los Poniatowski salieron de Polonia en los tiempos de Napoleón. El último Poniatowski fue mariscal de Francia de Napoleón. Son franceses. El último rey fue Stalisnao Poniatowski, ya a finales del siglo XVIII. Elena Poniatowska nació en París en 1932. Su  biógrafo, Michael K. Schuessler, en su libro Elenísima cuenta que sus padres, Paulette y Jean, se conocieron en un bals de la familia Rothschild, celebrado en una casa de la Place de la Concord. Jean había nacido en Francia, pero provenía de una familia de príncipes polacos exiliados desde el siglo XIX. Paulette, nacida también en Francia, provenía de una familia mexicana porfiriana muy adinerada que había abandonado el país junto con el dictador Porfirio Díaz.

La escritora recuerda que su infancia transcurrió con sus abuelos paternos entre París, Vouvray y Mougins. Sus padres se habían alistado en la Segunda Guerra Mundial. La escritora mira hacia el pasado y recuerda: “Mi padre era un capitán, un héroe de guerra, su traje así, lleno de corcholatas, medallas, condecoraciones. Fue muy valiente porque saltaba en paracaídas sobre la zona enemiga y llegó a los campos de concentración y salvó gente. Mi madre también. Ella manejaba una ambulancia durante la guerra, era una de las diez mujeres que estaba lista para salir a cualquier hora”.

En 1941 llega a México a la edad de diez años en un barco de refugiados llamado el Marqués de Comillas. Venía con su madre y su hermana Kitzia porque la Gran Guerra parecía no tener fin en Europa. Tiempo después, Jean, su padre, fundaría los laboratorios Linsa y desistió para después abrir un restaurante con los mismos resultados; sin embargo, siempre se las ingenió para vivir sin dificultades.

La cronista y escritora Guadalupe Loaeza dijo en una entrevista reciente que la educación de Elenita fue muy estricta, “en un entorno muy francés, muy europeo, siempre viendo hacia Francia. Los padres de su madre eran los Amor y su abuela Elena Yturbe”. Sin dudas, se trataba de una de las familias más prominentes de México. “Tradicionales, de muchas mujeres, muy prejuiciosas, esnob, de abolengo, pero muy de artistas. Ahí estaban las tías: Inés, que fumaba mucho y que puso una de las primeras galerías de arte en la ciudad –la famosa Galería de Arte Mexicano-; Carito, que fundó una editorial médica y Pita, la poeta excéntrica, la de los escándalos, a quien Diego Rivera pintó desnuda”, cuenta a Dos Puntos Guadalupe Loaeza.

Siendo niñas, Elena y su hermana Kitzia fueron enviadas a un internado de monjas en Torresdale, Pensilvania, en Estados Unidos, porque así se educaba entonces a las “niñas bien”.

Su tía Pita Amor –poetiza que polemizaba con el excéntrico Salvador Novo- nunca la vio con buenos ojos. Pita hablaba siempre en verso, enloquecida por la tragedia de perder ahogado a su único hijo. La propia Poniatowska narra que, de joven, Pita posó desnuda. Ya anciana, caminaba con un moño enorme en la cabeza, llena de extravagancia y daba bastonazos a quien se le pusiera enfrente gritando: ¡basura!, ¡basura!, ¡basura!

Michael K. Schuessler, biógrafo de ambas, explica en su libro que Pita fue una alucinación, “hacía cosas raras”, explica, “cosas como hacerse pipí en el comedor. Tenía  prohibido a Poniatowska firmar sus ‘articulitos’ con el apellido Amor, pues había una gran diferencia entre ser una periodista y una poeta de tinta americana como ella”.

Elena, la amiga

A lo largo de la entrevista, dos personajes se hacen presentes: Shadow, su perro labrador: “Ay Shadow, ya pásate, ya pásate, hazte para allá, Shadow”, le dice Elena, paciente, cariñosa, mientras el can va y viene, hurguetea al reportero y Monsi, uno de los gatos que le heredó uno de sus más cercanos amigos, el escritor Carlos Monsiváis: “Monsi, hazte, hazte, ay, ya te me subiste, ¿sabes? Monsi le tiene miedo a Shadow y Váis le tiene pavor. Se pelean. No se acerca ni por equivocación”, cuenta la mujer de mirada dulzona.

Perro de Elena Poniatowska
Shadow, su perro labrador.
Gato de Elena Poniatowska
Monsi, se llama su gato en honor al fallecido escritor Carlos Monsiváis.

Se ha llegado a decir que el escritor Carlos Monsiváis la visita de vez en cuando. Elena contesta pronto y entre risas: “No, no, que me visiten los gatos mejor. Cuando él viene (Carlos) le digo: ‘espérate Monsi, ya voy, ya voy, pero déjame escribir más’; quiero escribir más”. Enseguida explica: “Me gusta estar acompañada siempre, pero a veces no, sino no podría escribir, estoy acompañada de tres seres insuperables que son Shadow, Monsi y Váis, ellos son mis compañeros. Yo trabajo mucho. Recién terminé un libro que ya está publicado”.

La polifacética escritora siempre se ha caracterizado por su encarnecida solidaridad. Presente en casi todos los movimientos sociales, visitante asidua de los presos políticos de la penitenciaria del Palacio Negro de Lecumberri, entrevistadora de líderes sociales. Escribe siempre apoyando a las causas que ella cree correctas. “Elena se quita la camisa y se la da a uno”, la describió el poeta José Emilio Pacheco.

En 1965, el libro Los Hijos de Sánchez del antropólogo Óscar Lewis provocó un enorme escándalo, pues en él se reportaba la vida de una familia pobre que emigraba a la capital. Lewis daba a conocer sus modos de vida o “la cultura de la pobreza”. Como era de esperarse, el gobierno enfureció y calificó al libro –que fue editado por el Fondo de Cultura Económica de mostrar “distorsiones de la realidad nacional”, además retiró el libro de las librerías. El presidente Díaz Ordaz despidió a su director Arnaldo Orfila Reynal, con lo cual, la comunidad intelectual se manifestó contra el despido de Orfila y en respuesta crearon una nueva editorial. Los intelectuales apoyaron el proyecto sin reservas, Elena Poniatowska regaló su casa y así nació la importante Editorial Siglo XXI.

Elena, la periodista

Entrevista con Elena Poniatowska para Dos Puntos Revista Quintana Roo
Poniatowska fue portada de revista Dos Puntos.

“Me inicié en Excélsior, en 1953, y un año después Fernando Benítez funda México en la Cultura en el periódico Novedades. Fernando Benítez impulsó muchísimo a los jóvenes, entre ellos, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Es un gran amigo. Generoso, didáctico, pulcro, como Benítez”, explica la periodista con cerca de seis décadas de entrevistadora. Y abunda: “Fernando Benítez me encarga entrevistas, me decía: ‘angelito, angelito, entrevista a este, entrevista a este otro’”.

La periodista habla sobre sus colegas, entre ellos, el mítico Julio Scherer: “Yo no trabajé con Julio Scherer. No me tocó el golpe a Excélsior. Fui a las reuniones para fundar Proceso. A Julio Scherer lo admiro mucho, aunque ahora él este enamorado de la Reina del Pacífico. Somos grandes amigos. Lo quiero mucho. Nunca he hecho un trabajo sobre Julio, él no lo permite. Es hermético. Me gustaría pero él no se deja”.

Trabajó en el diario Novedades por cerca de veinte años. En 1985, cuando el terremoto destruyó la ciudad de México, el director no quiso publicar sus artículos sobre el terremoto. Entonces, en contraesquina estaba el diario La Jornada y Elenita fue a ofrecer sus textos, así nace su libro: Nada, nadie, “Carlos Payán con mucho gusto los aceptó y los empezó a publicar y desde entonces es mi periódico”, cuenta la veterana periodista.

“Octavio Paz me pedía textos para su revista Vuelta. Octavio Paz era muy entusiasta, muy generoso, lo fue conmigo. Lo quise mucho. Le hizo un poema a un árbol que había a la mitad del patio de la casa de mis padres”, recuerda.

Poniatowska es célebre por sus entrevistas. A mediados de los años 50 la jovencita Elena entrevistaba a los gallones de la literatura mexicana: Alfonso Reyes, Salvador Novo o a Xavier Villaurrutia. Poniatowska era entonces becaria del Centro Mexicano de Escritores e incursionaba como periodista: siempre con una libretita Steno, una grabadora y una máquina de escribir portátil Olivetti.

Gracias a las amistades que cultivó su madre con la alta sociedad mexicana, obtuvo su primer empleo en Excélsior y luego en Novedades, en el suplemento de Fernando Benítez, México en la Cultura. Todos se preguntaban quién era esa joven reportera que, con nombre de bailarina rusa despepitaba a diestra y siniestra.

Se le atribuye haber creado un personaje de entrevistadora que la consagraría: la metiche bobalicona -aunque implacable- que llegaba a todas partes con preguntas aparentemente tontas con las que terminaba acorralando a sus entrevistados. A Diego Rivera llegó a preguntarle si sus dientes eran de leche. “Sí, y con estos me como a las polaquitas preguntonas”, respondió él.

La escritora le confiesa a Dos Puntos: “Escribo cuando puedo, cuanto tengo tiempo y soy bien indisciplinada. Escribo en libretas y en máquina de escribir, mis papeles son un desorden. Los pierdo y los encuentro. Ay mis apuntes… No necesito vasos de agua o café, no fumo. Chin, ahora que me dice, qué indisciplinada que soy y tanto que tengo que escribir, tanto. Es lo único que me queda, escribir. Me siento muy agradecida con México, muy feliz de estar en México. Todo lo que me ha pasado aquí ha sido muy generoso. Soy una mujer muy afortunada”.

Voltea ver a la cámara mientras posa para la foto y comenta: “Soy una señora de 81 años que sé que mi tiempo se acerca. Que no me queda mucho tiempo. Y tengo tanto por hacer, tanto que escribir. Sacarle jugo a los pocos años que me quedan, tengo que apurarme, apurarme. Vivo siempre apurada”.

Llegada a México

En 1941 llega a México a la edad de diez años en un barco de refugiados llamado El Marqués de Comillas, con su madre y su hermana Kitzia.

Marques de Comillas

NOTA

Meses después de mantener esta entrevista con Revista Dos Puntos, la escritora mexicana Elena Poniatowska fue homenajeada con la máxima distinción en las letras hispanas al recibir, de manos del Rey Juan Carlos de España, el Premio Cervantes.

Elena Poniatowska, ganadora de Premio Cervantes
PREMIO CERVANTES. Enfundada en un traje hecho por las mujeres de Juchitán, Oaxaca, recibió el máximo galardón de las Letras.

Texto: Abraham Gorostieta

Fotos: Abraham Gorostieta, Mariana Valenzuela, Agencias.